Hoy toca un cacharro nuevo. Se trata del matasellos de Haller y Loffelhardt, un artilugio que en su momento, en los años veinte, permitió mecanizar el correo. Me parece uno de esos trastos tan raros y curiosos que vale la pena rescatar del libro de grabados.
Alfa Romeo Cupé, 1932
Otro coche que encontré por aquí, en ela carpeta de material para las novelas. Los escritores es lo que tenemos em el ordenador: rarezas:
Máquina de coser de lanzadera Pfaft
Otra máquina de coser, en este caso, una máquina de lanzadera Pfaft.
El Delahaye Sport, uno de los coches más famosos de los años 30
La verdad es que fueron iunos años lamentables, pero hacían unos trastos preciosos. Y además alcanzaba los dosientos y pico kilómetros pro hora, lo que no deja de ser una burrada.
Máquina para costura de cadeneta de dos hilos
Un nuevo tipo de máquina de coser antigua. Alrededor de 1910-1925. Se trata de una máquina para costura de cadeneta de dos hilos, por lo que es más industrial y menos doméstica que la anterior.
Máquina de coser de aguja curva .
Ante el éxito de la anterior máquina de coser, hoy pongo la foto de una máquina de coser de aguja curva. La verdad es que son preciosos estos cacharros. Esta, concretamente, parece ser que se usaba para tejidos más duros, o inclñuso trabajo de cuero o guarnicionería.
Máquina de coser antigua
Me ha encantado la máquina de coser antigua que os pongo aquí. Se trata de una máquina de coser de aguja curva. Iré buscando alguna más y las pondré para los aficionados. Nosotros tenemos por aquí toda la maquinaria de una antigua fábrica de gaseosas y la vendemos, por si alguien quiere usarla para una decoración, amientación, museo industrial o lo que sea.
Las velas que se apagan solas
¡La madre que los parió!
Reconozco que es culpa mía y que nadie me puso en revólver en la cabeza para que encendiese la televisión a las cuatro de la mañana, pero lo hice por aquello de amortizar el mando a distancia y en una de esas cadenas de teletienda, una cualquiera que no logro distinguir del resto en mi memoria, anunciaban un bonito juego de velas decorativas.
Las velas ambientaban, eran elegantes, muy baratas, y venían en un estupendo y exclusivo estuche que por sí mismo era una joya. Y además, si las comprabas enseguida te regalaban algo, no sé si un mechero para encenderlas, un cirio pascual o cualquier zarandaja por el estilo.
Lo que me dejó acojonado, y no cambio el exabrupto, fue que entre las propiedades maravillosas de las velas en cuestión había una muy reseñable: ¡Y además, se pagan solas!
Se apagan solas, explicaban luego, cuando se consumían pro completo o se agotaba su combustible.
¡Vaya huevos que tienen estos publicistas!
Yo también hubiese matado al tío del chupete
En el blog del vecino sale una historia que no quiero dejar de copiar y pegar para vosotros. Podría simplemente enlazarla, pero entonces perdería la opción de comentarla. Comento entre paréntesis y en cursiva)
Por estos campos de Dios se ven cosas alucinantes, como lo que conté hace algún tiempo de la apisonadora, pero en las ciudades hay cada uno que es para echarse a temblar. (le llamas ciudada a cualquier cosa, tío…) Y no me vengáis con eso de que habiendo más gente hay más variedad: se supone, o supongo yo como un pardillo, que estas cosas deberían curarse con el contacto humano diario. (el infierno son los otros. Recuerda a Sartre y tal…
)
Pero no. Qué va.
A ver: ¿qué es lo que la gente piensa que es una farmacia de guardia?, ¿qué es lo que la gente entiende por un servicio de urgencia o disponible para emergencias?
Pues no sé, peor esto fue lo que me contó el otro día un farmacéutico de una ciudad mediana, tipo Bembibre, Astorga o La Bañeza. Es una de las tres, pero prefiero no decir cual.
Aquel viernes la farmacia estaba en turno de guardia. A las dos de la madrugadas llamó un tipo al timbre, y el farmacéutico se levantó de la cama para atenderle. El caso es que necesitaba un chupete porque el niño, de seis meses, no se dormía y llevaba toda la noche llorando. El farmacéutico comprendió que esa clase de cosas le pueden pasar a cualquiera, así que abrió, le vendió el chupete y se volvió a la cama. Porque no os pensaréis que en esas localidades, un miércoles de enero, hay cola en la madrugada…
Bueno, pues hora y pico después, a eso de las cuatro, volvió el tío del chupete a decir que ellos tenían una niña y le habían dado el chupete azul, y que quería cambiarlo.
El farmacéutico lo mando a tomar por saco y el tío prometió reclamar, pero nos e ha atrevido a volver.
Si me lo hace a mí, lo mato.
¿De dónde sale semejante gente?
Manda huevos.
(Pues lo que la gente entiende está claro: que alguien que te cobra por un producto es un comerciante, y que la hora es un hecho circunstancial. Por mucho que parezca lo contrario, la liberalización de todo nos ha hecho clasistas, y si perteeces a la clase cliente entiendes que tienes derecho a todo, en cualquier momento y en cualquier hora. Para eso has dado la contraseña mágica que te convierte en rey. Dinero, se llama.
Y sí: manda huevos.)
Emilio Carrere. La bohemia en Madrid
Si la bohemia literaria que conoció Madrid a finales del siglo XIX fuera un reino, su trono contaría con dos pretendientes igualmente legítimos: Alejandro Sawa y Emilio Carrere. Emplazando al lector para la lectura de la glosa de aquel, que ofreceremos en breve, hoy daremos noticia de éste, pese a saber que por más elogios que dispensemos a su talento, nunca serán todos los que don Emilio -permítasenos la expresión a cuenta de la sincera admiración que le profesamos, aún a sabiendas de que el maestro se revolverá en su tumba ante semejante tratamiento- se merece.
Olvidado durante largos años en la nómina de los malditos, se nos hablaba de Verlaine y Rimbaud -a los que ni queremos ni podríamos menoscabar en modo alguno- puestos a hacer recuento de los grandes bohemios que en la literatura han sido. A sus discípulos a este lado de los Pirineos, también grandes bebedores de absenta, alucinados y descreídos, se les ignoraba sin mayor problema. Tanto fue así que tuvimos que descubrir a Carrere gracias a la adaptación de una de sus novelas -’La torre de los siete jorobados’- llevada a cabo en 1944 por Edgar Neville, una de las mejores películas de la historia del cine español.
Muchos y variados son los elogios que se pueden dispensar a su ingenio, pero tal vez sea uno el que mejor le define: dio a algo tan prosaico como el casticismo un aire mágico, maravilloso, capaz de convertir una calle tan hermosa -y a la vez tan cierta- como el Paseo de la Virgen del Puerto en un lugar pleno de arcanos prodigiosos, donde las artes del sigilo de los cheposos habían sido capaces de construir una ciudad subterránea.
Nacido en Madrid, el 18 de diciembre de 1881, se dio a conocer como escritor publicando algunos volúmenes de poesía modernista -’El caballero de la muerte’, ‘Del amor, del dolor y del misterio’, ‘El otoño dorado’, ‘Ruta sentimental de Madrid’-. Pero tal vez sea su obra narrativa la que merece un mayor interés para el lector actual, aún atento al supuesto “boom” de la novela urbana vivido durante los años 90. La clave del entusiasmo que suscita Carrere en sus pocos, pero apasionados lectores de hoy en día, hay que buscarla en la singularidad de todas sus mezclas: así, en sus más bellas páginas se juntan el costumbrismo con la decadencia, el sainete con el terror materialista, Madrid -el amado foro tan de todos los días- con los más sugerentes infiernos. Con tales planteamientos, escribió don Emilio obras de título elocuente: ‘La tristeza del burdel’, ‘La cofradía de la pirueta’, ‘La calavera de Atahualpa’ o ‘Los ojos de la diablesa’… Salvo error u omisión, todas ellas están protagonizadas, como bien señala el profesor Montero Padilla -junto con Jesús Palacios uno de los grandes conocedores de Carrere- por los madrileños más humildes.
Poeta popular en su momento, querido en los antros y lupanares en los que bebía con la sed de cualquier bohemio que se precie, con cierta displicencia -que desde luego condenamos- Gerardo Diego escribió de él 24 horas después de hacerse pública la noticia de su muerte: “Si había entre nosotros algún poeta popular, popular entre el pueblo ciudadano y no sólo de Madrid, sino de todas las provincias españolas, era el bueno de Emilio Carrere”. La inspiración del maestro madrileño, a diferencia del cántabro, no radicaba en exquisitas formulaciones estéticas. No en vano, una de sus piezas más aplaudidas lleva por título ‘La musa del arroyo’. Fue el silencio que sucedió a su muerte lo que le convirtió en maldito, pero en vida, como apuntaba el crítico Federico Carlos Sainz de Robles en 1971, Carrere era el favorito de las señoras y las porteras, de la gentes del casino y la de las peñas, algo así como un baile de criadas y de horteras.
Fuimos nosotros -hipócritas lectores- quienes le descubrimos cuando el maestro ya estaba condenado al silencio que sucedió a su muerte, acaecida el 30 de abril de 1947. Sus ediciones no abundan entre nosotros. Mejor así, con esa ‘De la torre de los siete jorobados’ puesta en el mercado en 1998 por Valdemar, y la antología de clásicos Castalia en su colección de autores madrileños, aparecida ese mismo año, nos basta para reconocer en don Emilio a uno de los mejores escritores madrileños que haya dado la capital desde que existe.






